Riqueza e Identidad de los Pueblos – Silvana Fiamene

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Venimos de un mundo rico en diversas culturas, donde cada una se diferencia de las demás en su origen, forma y estilo manifestado en sus tradiciones y forma particular de vida de las personas dentro de esa comunidad. Esto ha dado sentido de pertenencia, de identidad y de vida a cada uno de los pueblos.

A su vez, el conocimiento de esta diversidad nos enriquece, ya que cada uno aporta desde su construcción nuevos valores a los demás, que pueden ser conocidos y respetados, como forma genuina de tolerancia entre las naciones.

En los últimos tiempos esta diversidad se ha ido perdiendo con la creciente globalización. Los poderosos de este mundo han ido imponiendo su agenda no solo en sus latitudes sino también en los países más pobres, donde por dádivas económicas se ha ido cediendo ante el imperialismo de las grandes potencias.

Esto ha sido facilitado también por los medios de comunicación y transporte, muy avanzados en la actualidad, y los grandes movimientos migratorios entre regiones y países, como ocurre actualmente hacia Europa, de los países de África y Oriente Medio escapando de la guerra, o en Venezuela y países centroamericanos, dispersándose hacia el resto de América, huyendo de un régimen deshumanizado y de la miseria, en busca de fuentes de trabajo donde puedan dignificarse como personas y ganar el sustento necesario para su familia.

A través de la globalización se ha ido generando una cultura homogénea con pérdida de raíces e identidad, que empobrecen a las personas desde su interior. A esto se le suma la oferta cada vez más imperativa de un materialismo creciente que convierte a las personas en objetos de consumo, y con tal finalidad “marketinera”, se nos mide, se nos estudia y se nos ve.

El ser humano desprovisto de una envoltura cultural protectora que forja su identidad, queda vulnerable y expuesto, fácil presa de quienes no valoran su vida como un fin en si mismo.

En este sistema, se logra alejar a la persona de su esencia, distrayéndole con espejitos de colores” sin ningún verdadero valor. Al fundar su base en el “tener”, el hombre comienza a mirarse a si mismo y a sentirse complacido con sus propios logros. Estos bienes materiales le dan una falsa seguridad y le ordenan en un escalón superior o inferior al de sus hermanos, exaltando su “yo” tirano y quedando dominado por la soberbia y el hedonismo, comparándose con los demás en una carrera de competitividad sin escrúpulos donde todo lo alcanzado es vana ilusión. Su sentimiento de vacuidad aumenta lo que puede arrojarlo a situaciones de depresión, ansiedad, consumo de sustancias e incluso el suicidio.
Esta sociedad secularizada, laicista y agresiva no tarda en hacer notar su veta más violenta, en la tantas veces denunciada por los Papas más cercanos, cultura de la muerte o del descarte. Una vez que una sociedad traspasa el umbral de dejar de atender a sus miembros más vulnerables, queda expuesta a su progresiva deshumanización. Los bebés en el vientre materno, los niños, los ancianos, los pobres y los discapacitados pasan de ser la riqueza y promesa de un país, a ser un estorbo que debe ser desechado. A esto se suma la confusión que genera el relativismo imperante, donde se nos marea con mentiras que se ven y oyen bonito, pero que encierran trampas dañinas y mortales para las personas y la sociedad. Como en tiempos de Babel ya no nos entendemos cuando hablamos, porque nos han modificado las palabras y su significado, creando neologismos y formas de hablar que intentan adormecer nuestra conciencia. Los medios de comunicación, muchas veces al servicio de quienes intentan imponernos estas ideologías, disfrazadas de libertad y tolerancia, generan más ruido y confusión, y el hombre desorientado deja de percibir la voz de su interior que le habla de la Verdad.

Hemos desarrollado la tecnología hasta niveles de ciencia ficción, pero nos hemos empequeñecido como seres humanos.
Urge un despertar de la conciencia y buscar el Camino que nos vuelva a orientar el rumbo hacia la plenitud del hombre. Debemos urgar en nuestro pasado, volver a buscar nuestras raíces, defender nuestras costumbres y tradiciones y reparar la envoltura protectora de nuestra cultura para impedir que sigan haciéndonos daño.

Es recuperando la memoria de nuestros pueblos que nos orientaremos mejor hacia el futuro. No permitamos nos roben la fe y la esperanza de nuestros niños y jóvenes en las escuelas y universidades, donde se pregona un divorcio ficticio entre fe y razón. La Verdad atrae y resuena en el interior de cada ser humano, haciendo eco de un “algo” que ya conoce, que le es familiar, y que solo hace falta volverlo a despertar.

Apoyar y proteger a los más indefensos se vuelve tarea y compromiso de todos. Mujeres y hombres, embarazadas, niños, discapacitados, ancianos, viudos y enfermos, para ser reflejo ante el mundo de una cultura que cuida y valora sin distinción la vida de todos. Una sociedad donde nos gustaría vivir, envejecer y morir, habiendo dado y recibido lo mejor para un desarrollo pleno.

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